tequila ella puso mal la mesa

La alfombra azul se prolonga desde las habitaciones hasta el comedor. El bufé desborda abundancia con sus diez variedades de lechugas, adornos, carnes, pollo, capellini, espagueti, lasaña, helados rosas, verdes y amarillos. Techos de espéculos. Parejas que contestan unas a otras, jóvenes motivados por la paternidad, con los hijos sobre la falda, y el chocolate de los postres embarrados en las mejillas. Leonardo toma la mano de Virginia, resaltan las máculas de la piel de los dos, las uñas frágiles. Ella quita la mano. Siempre y en todo momento esa manía de él para apretarla. ¿Por qué razón me sacas? Ella lo ignora. Los nietos solicitan otro helado. Virginia acompaña a entre los pequeños por un cono de promesas color canela. En la mesa de al costado, los hijos, como cada tarde del viaje, hacen cuentas, los progenitores no tienen que abonar nada, no alguno hace cincuenta años de en matrimonio.

El crucero en el Caribe para celebrar con toda la familia. Leonardo mira a Virginia. Ella le devuelve la mirada de reojo. Él se conecta a internet. Ahora semejas uno de tus nietos, mira que estar todo el día en el móvil inteligente. Y la mirada de reojo se convierte en la mirada de tedio. Los ojos que viran hacia arriba exasperados. Leonardo pensó que los años les suavizarían el carácter, los odios se matizarían. La iniciativa del divorcio acechó cada semana, cada mes, cada día de su historia. ¿Por qué razón? ¿Para conseguir después exactamente las mismas miradas de cansancio en los ojos que antes le miraron ilusionados? ¿Para dividir sus ahorros? Los hijos están empeñados en redactar un alegato para el día del cumpleaños. Nuestros progenitores fueron esposos ejemplares, solidarios. Años de no salir con sus amigos para estar en familia, de no obtener un traje nuevo para ahorrar y salir todos juntos de vacaciones. Recuerda estos viajes de largas autopistas y playas sobresaturadas. De cervezas y mariachis en un lugar de comidas de marisco. Los hijos que se negaban a escapar del coche hasta no proceder a un ubicación menos corriente, como afirmaban ellos. Tan feliz que era él hundiendo los pies en la arena con un plato grande de almejas, un pescado a la talla, salsa picante y un bote de cerveza. 2 cervezas por el hecho de que en la tercera empezaban los alegatos. Virginia le afirmaba al meser, ni una mucho más para el señor. Tener que cuidarle como niño, se encontraba tan agotada. Argumentar los tragos y si no transformarse en el barrendero de su infortunio, sentir sus lamentos, los reproches a los hijos, la cantaleta de siempre y en todo momento, ustedes no me comprenden, tanto trabajar para esta bola de desagradecidos y después las lágrimas que no conmovían a ninguna. Soliciar al mariachi una canción, y ver el entrecejo de Virginia, ahora tan marcado, contraerse poco a poco más. Ella no es compatible esas letras atractivas. Y ese lunar que tienes, cielo intrépido, al lado de la boca. Ella le dejaba llorando solo en la cocina o en las tablas de metal en las playas del Pacífico. Hace 40 años en Acapulco, los pequeños eran muy chicos. Esa noche festejarían su cumpleaños. Leonardo tomaba margaritas en la piscina. Aquí te espero, hermosa le ha dicho mientras que ella subió a los pequeños a la habitación, contraindicado abrirlo a absolutamente nadie y puso una serie, de las que no les dejaba ver. Solicitó servicio en cuartos. Se maquilló, se puso el vestido colorado con la cintura entallada, que había llevado para celebrar los diez años de matrimonio. Él la había llamado hermosa, se encontraba de buen humor, quizás bailarían aquella noche, cenarían bien, reirían como hace unos años, aun volverían a besarse… Se miró en el espéculo del ascensor. Las pestañitas rizadas, el pelo negro hasta la espalda, salió montada a la seguridad de los talones. Se sentía espléndida, con su vestido configurado, y los zapatos que estrenaba ese día. En el momento en que llegó a la terraza, él apoyaba los brazos y la cabeza sobre una mesa. Virginia vio de lejos sus movimientos rítmicos, lloraba… Las mejillas se le encendieron de íra. Su pelo ondulante estuvo a puntito de despeinarse, los ojos negros como dardos, atravesaban cualquier piel. Se sentó en un banco prominente del bar y solicitó un tequila. Solicitó 2, ella no lloraría. El tercer trago fue obsequio del rubio, indudablemente un americano, bastante prominente para la media local. Virginia lo tomó y miró a la guerrera con un ademán de agradecimiento que él interpretó como una convidación. Se aproximó, su cara se encontraba roja por el sol, podía ser guapo, pese a esa piel quemada, los ojos pálidos, el español mal entonado. Era un supervisor de una cadena de sitios de comidas. Se rieron de sus intentos por estar comunicado en un español fragmentado. Virginia vio la argolla de matrimonio. Lo invitó a bailar. Le enseñó cumbia, él prosiguió sus pasos, la tomó de la cintura. Su risa se desbordaba. Virginia creyó que era torpe pero podría agradarle. Quizás. Leonardo bailaba bastante superior pero en este momento proseguía apoyado encima de la mesa, estaría dormido, ahogado en lágrimas. Estaría roncando. Transpiraría alcohol. El meser ahora no se le aproximaba. El rubio mencionó que ella era hermosa, usó exactamente la misma palabra que Leonardo, pero ella no recordó. En el momento en que me agradan las mejicanas. Y él le alzaba en brazos y reían y en Virginia no le importaba nada, ni los pequeños, ni Leonardo, el planeta viraba y había que esforzarse por no perder el ritmo. Se aferraba a los brazos del gringo. Y en el momento en que él le preguntó tu habitación o la mía, claro la tuya, respondió. La habitación se encontraba limpia, en orden, no había ropa tirada en el piso, ni muchos de medicinas y bloqueadores solares al lado del TV, ni el tendedero de ropa mojada en el baño o los chillidos de los pequeños por las quemaduras del sol. Él por el momento no escogió una cumbia para continuar bailando, en este momento algo relajado, una canción de Elvis. Por vez primera se fijó en ello. Quizás era mucho más joven que ella. Se dio ánimos. Sus manos eran gigantes, le besó, qué gusto tan extraño amargo, despacio, diferente, sus brazos eran musculosos, la piel muy blanca. Tan prominente y sonriente. A ella le amedrentaba ese cuerpo nuevo. Bastante rayo, bastante. Espantó el desconcierto. Cerró los ojos. Lo fue desvestindo a ciegas, hundió su lengua en la boca de él, la boca que en este momento representaba el planeta entero. Se dejó tocar por las manos que le distanciaban de las noches de insomnio, de las protestas de los hijos, de los ronquidos de Leonardo, del amor eterno, del sacrificio, de los esposos ejemplares. Sus manos tropezaban, no sabían de qué manera tocarse. Las caricias de Leonardo eran mucho más atinadas pero todas sus caricias ahora se encontraba teñida de amargura y deudas, de ropa sucia y billetes institucionales.

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