menos te quiero y mas tequila

Juanes, sin lugar a dudas, se convirtió en entre los artistas actualmente. Transporta muchos años en la industria musical y cada día que pasa logra sorprendernos cada vez más y más. Está claro que el artista colombiano tiene un don para la música, en todos y cada uno de los puntos probables.

Una de las considerables peculiaridades de Juanes es el éxito que tienen todas de sus colaboraciones. Por este fundamento, el artista de ‘Bonita’ ha amado ir considerablemente más allí al mostrarnos una canción llamada ‘Tequila’ al lado de nada menos que Christian Nodal.

Tragos con menos calorías, capaces para los que están a dieta

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Irene Ramblas vivía en la colonia Guadalupe Inn, pero yo la conocí en el sur profundo: el Sanborns d’ avenida Canal de Miramontes y Acoxpa, una tarde que volvía de dar mi colaboración en aquel períodico de Esquerra, allí lejos, al norte de la región. Yo llevaba algo mucho más de veinte pesos y decidí ingresar en el Sanborns para liquidar un capricho: unos dulces de chocolate que había visto en otras ocasiones (por lo menos podía obtener 2 con mi presupuesto y algo me sobraría). En el momento en que fui a abonar, un ademán de mi brazo derecho atrás logró que el codo de este golpeara, si bien suave, el seno derecho de una mujer que se encontraba tras mí, preparada asimismo a abonar su compra. Esto, claro, lo supe en el momento en que volví a verme contra qué había golpeado mi codo. Le solicité excusas. Sonrió, no se preocupe, ha dicho. Me informó de que mi palabrería —de azul obscuro— tenía una mácula como de aceite en la espalda, por si acaso no lo sabía. Había de ser del taburete del último microbús que había tomado. Pero eso no se lo dije: por el puerto, era una mujer no entendida en pessers; era mejor ocultar la desproporción de momento; o quizás fue pena u orgullo lo que me llevó a no decirlo, no táctica. Le di las gracias. No me comprendió, “¿envié?”. Le dije 4 o seis cosas sobre mi nacionalidad respondiendo a su pregunta, y intentando de vocalizar con mayor claridad. Ella había comprado unos dulces, costosos, según me fijé en las etiquetas que lo anunciaban tras los cristales de la vidriera. Uno piensa que los nombres corresponden al género de persona física, o por lo menos al estereotipo de persona con que se les asocia. Por servirnos de un ejemplo, ¿de qué forma imaginar que alguna mujer llamada Simforosa no sea obesa, lenta, repisa quizás? Irene… Yo siempre y en todo momento me hice la iniciativa de que una mujer llamada Irene había de ser morocha, trigüeña, pero jamás rubia de rosado refulgente y de pelo prácticamente platinado, como tú. Y mucho más: jamás pasó por mi cabeza que una mujer con ese nombre tuviese movimientos tan dulces, mirada tan abatida por momentos desde esos ojos almendrados. «Sinforosa en latín significa ‘desgraciada'», me aclaró Irene en el momento en que ahora nos encaminábamos hacia la puerta de salida. Estuve seguro de que ella se encontraba segura de que yo procuraba conquistarla. Estábamos cumpliendo con las reglas establecidas, de mutuo, implícito acuerdo. La despedí en el parque. Su carro era un Shadow colorado, quizás hace un par de años. Desde allí pude señalarle, aproximadamente en el pecho, hacia el edificio donde yo vivía.

En el momento en que llegué al apartamento miré la espalda de la chamarra. Indudablemente, era una mácula de grasa, de la gruesa. Del taburete de aquel microbús que venía, ruidoso, continuando pesarosamente por todo Canal de Miramontes como un tanque de guerra estropeado, sin luz dentro suyo.

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